La noche en que el universo desapareció


 

Hubo una noche en la que sentí que el universo se apagaba.
No fue una metáfora. No fue una idea filosófica. Fue una sensación brutal, desnuda, imposible de explicar con palabras. 
Caminé por la casa como si estuviera atravesando el último lugar que quedaba en el mundo. Mis padres dormían. Mis hijos dormían. Sus cuerpos estaban allí, respirando suavemente en la penumbra, pero algo dentro de mí sabía que aquello no era exactamente lo que parecía.
Una voz, o quizá algo más profundo que una voz, me empujaba a mirar.
Obsérvalos.
Los miré durante largo rato, intentando comprender qué estaba ocurriendo. Y entonces apareció la pregunta que me atravesó como un rayo:
¿Están realmente aquí?
La respuesta llegó sin palabras.
No.
Solo estaban sus cuerpos.
Salí a la terraza y levanté la mirada al cielo. Esperaba encontrar las estrellas, la luna, el rumor lejano de la noche. Pero no había nada. Ni un punto de luz. Ni un sonido. Ni siquiera esa sensación de espacio que siempre nos acompaña cuando miramos hacia arriba. 
Era como si el universo hubiera sido borrado. 
Un vacío absoluto.    
Y entonces pregunté lo único que podía preguntar en medio de aquel silencio infinito:
¿Quién soy yo?
La respuesta fue la más terrible y la más inmensa que he escuchado nunca.
Me dijeron que yo era todo.
Que era la fuente.
Que era Dios.
Que era el universo entero mirándose a sí mismo.
Pero yo no podía creerlo.
Porque en ese momento lo único que sentía era miedo.
Un miedo profundo, antiguo, primitivo. El miedo de una conciencia que se da cuenta de que, si todo desaparece... quizá ella sea lo único que queda.
Aquella noche comprendí algo que todavía hoy me estremece: que el ego se aferra a la idea de ser alguien pequeño porque lo contrario es demasiado grande para nuestra mente.
Demasiado inmenso.
Porque si realmente somos parte de la fuente de todo... entonces no estamos separados de nada.
Ni de las estrellas.
Ni del tiempo.
Ni de la vida que atraviesa cada ser.
Tal vez por eso algunas tradiciones dicen que no tenemos que convertirnos en algo más elevado.
Solo tenemos que recordar.
Recordar lo que somos antes del nombre, antes de la historia, antes del miedo.
Pero la mente humana es frágil. Necesita límites para no perderse. Necesita creer que el universo está fuera y nosotros dentro.
A veces pienso en aquella noche.
En ese instante en el que sentí que todo desparecía: las personas, el cielo, las estrellas, el propio universo.
Y todavía me hago la misma pregunta.
Si algún día el universo realmente se apaga...
si toda la materia vuelve al silencio del que surgió...
¿qué quedará entonces?
Tal vez nada.
O tal vez lo único que siempre ha estado ahí.
La conciencia preguntándose a sí misma, una vez más:
¿quién soy?




Comentarios


  1. Muchísimas gracias por compartir ésta tremenda reflexión, el final que es el principio también, lo superfluo y lo profundo, el cuerpo y el alma, el uno y el Todo...

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    Respuestas
    1. Gracias de corazón por leerlo así...
      A veces siento que estas palabras no nacen tanto de mí, sino de ese lugar donde lo humano y lo inmenso se rozan por un instante.
      Esa noche fue eso exactamente: el final y el principio abrazándose sin avisar. Un momento en el que todo lo conocido se volvió frágil... y, al mismo tiempo, apareció algo imposible de romper.
      Quizá lo superfluo y lo profundo no estén tan separados como creemos.
      Quizá el cuerpo y el alma solo sean dos formas de nombrar lo mismo cuando lo miramos desde distintos lados.
      Y quizá ese "uno y el Todo" no sea algo que haya que entender... sino algo que, de vez en cuando, se nos permite recordar.
      Hoy escuché algo que me resonó mucho: quizá no haya que entender... solo experimentar.
      Y cuanto más lo siento, más sentido tiene. Porque hay cosas que, cuando intentas atraparlas con la mente, se encogen, pero cuando las vives, se abren.
      Tal vez todo esto no esté hecho para ser explicado, sino para ser atravesado.
      Como esa noche. Como ese instante en el que todo desaparece y, sin embargo, algo permanece.
      Quizá no se trata de saber qué es el Todo, sino de permitirnos sentirlo, aunque sea por un segundo.
      Gracias por acompañarme en ese lugar.

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    2. Me has dejado sin palabras tendemos siempre a racionalizalo todo y tal vez como dices tú es mejor sentirlas aunque sea un momento

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    3. A veces entender es una forma de alejarnos. Sentir... es acercarnos demasiado. Y no siempre estamos preparados para eso. Pero cuando ocurre, aunque sea un instante... ya no se olvida.

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