Las noches en las que no puedes dormir


 

Hay personas que no están rotas.

Desde fuera, todo parece en orden. Cumplen, responden, hacen lo que tienen que hacer. Se levantan cada mañana, trabajan más de lo que deberían, ocupan cada espacio del día... y, sin embargo, hay algo que no encaja.

No es tristeza.
No es una crisis evidente.
No hay un punto exacto que señalar.

Es más silencioso que todo eso.

Es vivir sin ilusión.

Es darte cuenta de que pasan los días, las semanas, los meses... y nada dentro de ti se mueve de verdad. Que haces, decides, avanzas incluso... pero sin sentir que estás dentro de tu propia vida.

Como si te hubieras quedado fuera en algún momento, sin saber muy bien cuándo.

Y entonces trabajas.

Trabajas mucho.

Porque el trabajo ordena. Porque te da estructura. Porque te permite no pensar demasiado. Porque mientras estás ocupado, no tienes que mirar ese vacío de frente.

Y sin darte cuenta, te conviertes en alguien que funciona perfectamente... pero que no siente casi nada.

Lo más duro no es no sentir.

Es saberlo.

Es tener esa lucidez incómoda que aparece a veces, cuando todo se queda en silencio... o cuando la noche te despierta sin avisar.

Porque hay noches en las que el cuerpo descansa.. pero la cabeza no.

Y te despiertas.

Sin ruido.
Sin motivo aparente.

Pero con una sensación clara, pesada, imposible de esquivar.

Una angustia que no grita...
pero tampoco te deja dormir.

Y ahí, en la oscuridad, sin distracciones, sin trabajo, sin nada que te saque de ti... 
todo aparece.

La vida que estás viviendo.
La que sientes que no estás viviendo.
El tiempo que pasa.
La sensación de estar dejando algo importante atrás... sin saber exactamente qué es.

Y lo piensas.

Lo ves.

Lo sientes.

Pero cuando amanece...
vuelves a hacer.

Vuelves a llenar el día, a moverte, a responder, a cumplir.
Como si nada.

Y así pasan los días.
Uno detrás de otro.

Con esa dualidad silenciosa:
por fuera, todo sigue.
Por dentro... algo falta.

Y entonces, en medio de todo eso, aparece alguien.

Alguien que siente. Que conecta. Que mira con una intensidad que tú ya no reconoces en ti. Alguien que ve algo que tú has dejado de ver hace tiempo.

Y eso... no siempre despierta.

A veces incomoda.

Porque te coloca delante de lo que te falta.
Porque te recuerda lo que no puedes dar.
Porque sabes que, por mucho que lo intentes, no hay algo dentro que responda como debería.

Y te quedas ahí.

Entre el no querer perder a esa persona...
y el no poder ofrecerle lo que necesita.

Entre el cariño real...
y la ausencia de algo más profundo que no aparece.

Y pasa el tiempo.
Y todo sigue.
Más o menos igual.

Pero hay algo que casi nadie dice.
Algo que no se ve desde fuera.

Que incluso en ese lugar... donde parece que no hay nada...
no todo está perdido.

Porque el hecho de darte cuenta... ya es algo.

Porque esa incomodidad, esa angustia que aparece en la noche, esa sensación de estar desperdiciando algo... no es el final.

Es una grieta.

Y por pequeña que sea,
por silenciosa que parezca...

las grietas dejan pasar la luz.

Quizá no hoy.
Quizá no mañana.
Pero algo dentro sigue ahí, esperando.

Esperando a que, en algún momento,
sin presión, sin exigencias, sin tener que demostrar nada...

vuelvas.

Y cuando eso ocurra,
no será porque alguien te haya salvado,
ni porque la vida haya cambiado de golpe.

Será porque, poco a poco,
casi sin darte cuenta...

has vuelto a sentir.

Y a veces,
todo empieza así:

con una noche en la que no puedes dormir...
y una verdad que ya no puedes ignorar.


Comentarios

  1. A veces necesitas ayuda para ver esa grieta esa esperanza de cambiarlo todo poco a poco y eso es lo que te hace ser especial gracias

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Puede ser... A veces no vemos la grieta hasta que alguien la señala sin querer. O sin saberlo.
      Pero lo que la hace real, no es quien la muestra, es que algo dentro de ti ya estaba listo para verla. Y eso... no es debilidad.
      Es el principio.

      Eliminar

Publicar un comentario