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Mostrando entradas de abril, 2026

La serpiente y la luciérnaga

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Una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. La luciérnaga huía, asustada, durante días. Hasta que, agotada, se detuvo y preguntó: ¿Puedo hacerte tres preguntas? Sí. Respondió la serpiente. ¿Formo parte de tu cadena alimenticia? No. ¿Te he hecho algún daño? No. Entonces... ¿por qué quieres acabar conmigo? La serpiente respondió: Porque no soporto verte brillar. ____________________________________________________ La luciérnaga no hacía ruido. No pedía atención. Ni siquiera intentaba destacar. Solo brillaba. Y eso fue suficiente. La serpiente no tenía hambre. No estaba en peligro. No había sido herida. Pero algo dentro de ella se revolvía cada vez que veía esa luz tranquila, esa forma de existir sin esfuerzo, sin rabia, sin necesidad de imponerse. La persiguió. No por instinto. Por incomodidad. Hasta que la luciérnaga, cansada, preguntó: ¿Qué te he hecho? Y la serpiente, sin adornos, respondió: Nada. Ese es el problema. ________________________________________________________ Hay ...

Gracias por no soltarme

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Un homenaje a las madres que se quedan incluso cuando todo tiembla A veces creemos que las madres están hechas de algo distinto. Como si no sintieran el cansancio igual, como si el miedo no las atravesara, como si siempre supieran qué hacer. Pero no. Las madres también dudan, también se rompen en silencio, también tienen días en los que el mundo pesa más de la cuenta. Y aun así... se quedan. Se quedan cuando todo tiembla, cuando no hay respuestas, cuando nadie más sabe sostener. Se quedan... y sostienen. Mi madre no solo me dio la vida. Me sostuvo cuando la mía se tambaleaba. Cuando yo me perdía por dentro, ella me traía de vuelta a lo sencillo, a lo cotidiano, a lo que parecía pequeño... pero era lo único capaz de anclarme. Sin grandes discursos. Sin etiquetas. Solo con esa forma suya de estar,  de insistir, de no soltarme. Hoy no quiero idealizarla. Quiero reconocerla. Reconocer sus esfuerzos invisibles, sus renuncias que nunca anunció, su forma de cuidar incluso cuando nadie la ...

El ruido de quien no tiene nada propio que decir

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  Hay personas que hablan de la vida de otros como si les perteneciera.  Opinan, interpretan, juzgan... sin conocer la historia completa,  sin haber estado en los momentos importantes, sin saber realmente quién hay detrás.  En espacios como los chats esto se ve mucho. Comentarios que parecen inofensivos, pero que en realidad están cargados de juicio, de suposiciones... y a veces, de mala intención. Se construyen versiones de ti que no son tuyas, y se repiten como si fueran verdad. Y claro que molesta. Claro que duele. Porque hay una parte de nosotros que quiere aclarar, poner orden, decir: "eso no es así". Pero no todo merece una explicación. No todo el mundo está dispuesto a entender,  y no toda opinión tiene el mismo peso. Con el tiempo aprendes algo importante: quien necesita hablar de otros para sostenerse,  ya está mostrando más de sí mismo que de la persona a la que señala. Y tú... no necesitas entrar ahí. Puedes elegir no participar, no justificarte,...

No soy una víctima

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Hay relatos que empiezan como una puerta abierta... y acaban siendo otra habitación sin ventanas. El feminismo, en muchos momentos, ha sido esto: una grieta por la que entró aire. Un gesto valiente. Un antes y un después. Y sin embargo... hay algo en el eco actual que no termina de resonar en mí. No porque niegue lo que fue. Sería injusto. Sería ciego. Sino porque percibo un matiz más silencioso, más difícil de nombrar, pero imposible de ignorar cuando lo sientes dentro: la identidad construida desde la herida. Como si, para pertenecer, hubiera que doler. Como si, para ser legítima, hubiera que señalar. Como si la fuerza necesitara una causa externa para existir. Y ahí... algo en mí se detiene. No quiero vivir desde lo que me falta. No quiero habitar un lugar donde siempre hay una deuda pendiente. No quiero mirar el mundo esperando que confirme mi desventaja. Porque entonces dejo de estar en la vida... y paso a estar en una narrativa. Y las narrativas, aunque a veces protegen, también ...

Cuando una mujer se rompe... y nadie sabe sostenerla

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  Dos personas que se querían... y un dolor que ninguno supo abrazar.  Hay momentos en la vida en los que una mujer no se vuelve más fuerte...  se vuelve más frágil. Y uno de ellos, a veces, llega después de dar vida.  No siempre es luz, ni piel con piel, ni felicidad desbordada. A veces es niebla. Cansancio que no cabe en el cuerpo. Miedo sin nombre. Una tristeza que no tiene explicación... pero lo ocupa todo. Y entonces, alrededor, ocurre algo que casi nadie dice en voz alta. Muchas mujeres no solo sostienen a su bebé... también sostienen la ausencia emocional de su pareja.  Hombres que no saben qué hacer. Que se sienten desplazados. Que no entienden lo que está pasando. Que, en lugar de acercarse, se alejan. No siempre es por falta de amor... sino por falta de herramientas. Porque a muchos hombres nadie les enseñó a sostener el dolor emocional. Nadie les explicó cómo acompañar a una mujer que no puede ni sostenerse a sí misma. Nadie les habló del posparto más...

Hay encuentros que no vienen para quedarse

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  A veces no es la persona... es el momento en que estás listo para mirarte por dentro. Escúchalo aquí Hay encuentros que no vienen a quedarse, vienen a despertarnos. A veces creemos que alguien llega a nuestra vida para cambiarlo todo... y en parte es verdad. Pero no porque esa persona haga algo extraordinario, sino porque algo dentro de nosotros ya estaba listo para abrirse. Hay palabras que no dicen nada especial... hasta que un día, en el momento justo, lo dicen todo. Y entonces algo se mueve. Se remueven preguntas, decisiones que llevábamos tiempo evitando, vidas que ya no encajan del todo. Y puede doler... porque despertar no siempre es suave. Pero también es profundamente hermoso. Porque cuando algo dentro de ti se despierta, no nace de fuera. Nace de ti. Nadie puede hacerte sentir lo que tú no estás preparado para sentir. Y por eso, a veces, lo más valiente no es quedarse... sino parar, mirar hacia dentro y empezar a cambiar lo que uno sabe que ya no puede seguir igual. Hay...

Vuelve a ti

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Cuando todo parece demasiado, cuando no sabes si estás cansada del mundo o solo de intentarlo, vuelve a ti. Vuelve a ese rincón donde nadie te exige nada, donde no necesitas responder mensajes, ni sonreír por cortesía, ni sostener vínculos que se tambalean solos. Vuelve a ti, a tu silencio tibio, a la mujer que ha caminado con dignidad incluso cuando tenía el alma en los tobillos. A esa que no necesita perseguir cariño, porque el cariño genuino nunca se escapa. Apaga un rato el mundo. Recuéstate como si el cielo pudiera recogerte. Respira lento. Suelta los nombres, las esperas, los porqués. Y si esta noche no puedes dormir, que al menos el descanso te acaricie como un mar en calma que no te pide nada, solo que flotes, solo que seas. Escúchalo aquí

Todo lo que perdí mientras sobrevivía

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  Hay días en los que me miro... y no sé muy bien quién soy. No es que haya cambiado. Es que siento que me he ido perdiendo en trozos pequeños, casi sin darme cuenta. Como si la vida hubiera ido arrancando partes de mí mientras yo estaba ocupada sobreviviendo. Y lo peor no es eso. Lo peor es recordar quien fui. Esa mujer que, aun con sus miedos, tenía algo encendido dentro. Algo vivo. Algo que no necesitaba permiso para sentirse. No era perfecta. Sentía demasiado, se equivocaba, se rompía... pero lo hacía desde un lugar que era suyo. Ahora... hay días en los que ni siquiera sé si lo que siento es mío o es lo que ha quedado después de todo. La vida no siempre llega como esperas. A veces no entra con ruido, ni con grandes golpes. A veces se cuela despacio... y cuando te quieres dar cuenta, ya te ha cambiado por dentro. Te ha hecho más dura. Más callada. Más cansada. Y te ves sosteniendo cosas que nunca elegiste. Siendo alguien que no reconoces del todo. Viviendo una vida que, si eres...

Yo fui el silencio

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Este texto nace desde mi experiencia y mi sentir. No busca señalar a nadie, sino dar voz a algo que durante años no supe expresar.  Yo no elegí hablar de esto. Durante muchos años, en mi familia, esto no se hablaba. La enfermedad mental era ese cuarto cerrado al que nadie entra. Ese tema que se esquiva con silencios incómodos, con miradas que cambian de dirección, con frases que intentan pasar de largo como si así no existiera.  Pero yo estuve ahí dentro. Yo fui ese cuarto. He sentido lo que es perderte dentro de tu propia mente. Sentir que ya no puedes confiar en lo que piensas, en lo que percibes, en lo que eres. Y aun así... tener que seguir viviendo. Y lo más duro no fue solo eso. Lo más duro fue sentir que, mientras yo me rompía por dentro... afuera no sabían cómo sostenerme. O peor aún... no querían mirar. En mi casa me enseñaron a callar. A no contar nada. A hacer como si lo que dolía... fuera algo que se puede borrar simplemente dejando de nombrarlo. "Eso no se dice."...