Quedarme sin perderme
A veces no me voy.
No porque no vea lo que hay,
ni porque no entienda lo que falta.
No porque no vea lo que hay,
ni porque no entienda lo que falta.
Me quedo...
porque, de momento, elijo estar.
Pero ya no desde el mismo lugar.
Porque me he dado cuenta
de algo que no quería ver del todo:
que, aunque decía que aceptaba,
en el fondo...
seguía esperando.
Seguía empujando un poco,
insistiendo de formas pequeñas,
sutiles, casi invisibles...
como si, con el tiempo,
algo pudiera cambiar.
Y anoche entendí algo.
No desde la cabeza.
Desde ese sitio donde ya no puedes seguir engañándote.
No puedo seguir insistiendo
en algo que no nace solo.
No puedo seguir esperando
que alguien sienta lo que no siente.
Así que he decidido parar.
Parar de empujar.
Parar de buscar señales donde no las hay.
Parar de intentar construir algo
que el otro no está construyendo conmigo.
Y duele.
Porque parar no es dejar de sentir.
Sigo aquí.
Sigo queriendo.
Sigo teniendo esa parte de mí
que, en lo profundo...
todavía espera.
Y no voy a mentirme con eso.
Pero ahora lo miro de frente.
Sin disfrazarlo de paciencia.
Sin llamarlo aceptación
cuando en realidad era esperanza.
Ahora sé que me quedo...
pero sin insistir.
Y eso cambia algo.
Porque ya no estoy intentando que esto sea otra cosa.
Con lo bonito.
Y con lo que duele.
Y, en medio de todo eso,
hay un equilibrio extraño, nuevo, frágil...
Querer sin perseguir.
Estar sin empujar.
Sentir...
sin pedir que me devuelvan lo mismo.
No sé cuánto podré sostener esto.
No sé en qué se convertirá.
Pero sí sé algo:
ya no quiero perderme
intentando ser elegida.
Si me quedo,
quiero que sea desde un lugar limpio.
Donde no tenga que insistir
para existir en la vida de alguien.
Porque hay algo que estoy empezando a entender,
aunque me cueste:
que el amor no debería doler
por lo que no es...
sino sostenerse
en lo que sí está.
Y si algún día esto cambia,
no será porque yo lo haya empujado.
Será porque nace.
Y si no...
al menos sabré
que, esta vez,
no me abandoné a mí
por quedarme.

Hay algo muy poderoso en dejar de intentar ser elegida y empezar a elegirte tú, incluso quedándote. Ese equilibrio del que hablas es frágil, pero también muy digno. Se siente como un antes y un después.
ResponderEliminarGracias, Ricardo.
EliminarMe ha llegado mucho leerte, porque justo ahí... en ese dejar de buscar ser elegida, es donde algo se recoloca en silencio.
No sé si es un antes y un después hacia afuera, pero por dentro... sí se siente como una línea que cruza. Como si, por fin, una se eligiera sin ruido, sin lucha.
Y en ese equilibrio frágil que dices... también hay una paz nueva, más honesta.
Gracias por verlo y por nombrarlo con tanta claridad.