La tristeza de los casi
No hay un portazo.
No hay una última conversación definitiva.
No hay una escena dramática bajo la lluvia.
Hay despedidas mucho más silenciosas y crueles.
Las que ocurren lentamente mientras dos personas siguen
hablando como si nada pasara.
Mientras una de ellas intenta fingir normalidad para no romper algo que, en el
fondo, ya lleva tiempo roto por dentro.
Creo que una de las cosas más dolorosas que puede vivir el
corazón humano es quedarse atrapado en la incertidumbre de alguien que no sabe
si quiere quedarse… pero tampoco sabe dejarte ir.
Y entonces empieza una lucha interna agotadora.
Porque una parte de ti quiere marcharse.
Lo sabe.
Lo siente.
Lo escucha incluso en el cansancio que se acumula en el pecho después de cada
conversación, de cada silencio extraño, de cada discusión que siempre termina
señalando el mismo vacío.
Pero luego aparece la otra parte.
La que recuerda la conexión.
La complicidad.
Las horas hablando.
La sensación de refugio.
La esperanza absurda de que quizá mañana algo cambie.
Y ahí empieza el desgaste invisible.
Ese en el que sigues adelante con tu vida aparentemente
normal mientras por dentro sostienes una batalla diaria contigo misma.
Intentas actuar con calma.
Responder con madurez.
No presionar.
Entender.
Dar espacio.
Ser paciente.
Pero nadie ve el precio emocional de amar a alguien que
permanece siempre a medio camino de ti.
Nadie ve lo agotador que es levantarse cada día intentando
convencerse de que puede sostener una situación que en realidad le está
rompiendo lentamente por dentro.
Porque llega un momento en el que ya no sabes qué duele más:
si perder a esa persona…
o seguir perdiéndote a ti misma dentro de la espera.
Y lo peor es que no puedes odiarla.
Ojalá fuera fácil.
Ojalá hubiera frialdad, desprecio o crueldad.
Pero no.
Hay cariño.
Hay conexión.
Hay momentos hermosos.
Y precisamente por eso cuesta tanto arrancarse de ahí.
Porque el corazón se aferra con más fuerza a aquello que
casi podría haber sido.
“Casi”.
Qué palabra más triste.
Casi una historia.
Casi un hogar.
Casi una certeza.
Casi un amor compartido en la misma dirección.
Y mientras tanto, una vive suspendida en una especie de
limbo emocional donde nunca termina de descansar del todo.
Es terrible querer irse y al mismo tiempo sentir pánico de
hacerlo.
Terrible imaginar la distancia definitiva y sentir que el cuerpo entero se
encoge solo de pensarlo.
Terrible darse cuenta de que quizá la otra persona nunca cambie… y aun así
seguir esperando un poco más.
A veces me pregunto cuántas personas viven así.
Sonriendo fuera.
Funcionando.
Trabajando.
Hablando con normalidad.
Mientras por dentro sostienen una tristeza constante que
nadie termina de ver.
Y quizá lo más duro de todo sea aceptar esto:
Que hay vínculos que no se sostienen por amor sano, sino por
esperanza.
Esperanza de que un día despierten.
De que un día lo tengan claro.
De que un día nos elijan sin dudas.
Pero la vida pasa mientras esperamos.
Y el alma se desgasta muchísimo intentando convertir medias
certezas en un hogar emocional.
A veces pienso que algunas personas no llegan a nuestra vida
para quedarse, sino para enseñarnos hasta qué punto somos capaces de rompernos
intentando que algo imposible finalmente funcione.
Y aun sabiendo eso…
qué difícil es soltar la mano de alguien a quien todavía sigues mirando con
amor.

Siento que lo que tengo que hacer es egoísta y de mala persona por mi parte, la gratitud me hace sentir como una puerta que tengo que cerrar pero tengo las manos atadas V
ResponderEliminarLas canciones y los buenos momentos, al igual que los bellos recuerdos de las personas especiales, nunca se desvanecen; se quedan grabados en el alma. Es una hermosa forma de expresar cómo, cuando todo lo demás hace silencio, lo que realmente importa permanece vivo en el corazón. Siempre te recordaré querida amiga Makosa-
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