Eso que recuerda en nosotros
A veces pensamos en el despertar espiritual como si fuera una meta.
Como si un día, de repente, una puerta invisible se abriera y ya nunca más volviéramos a perdernos.
Como si un día, de repente, una puerta invisible se abriera y ya nunca más volviéramos a perdernos.
Pero quizá no funciona así.
Quizá el despertar no es una cima, sino una respiración.
Un recordar... y un volver a olvidar.
Un abrir los ojos por dentro y, al rato, dejarse arrastrar otra vez por el ruido del mundo, por el miedo, por la prisa, por el personaje.
Hay días en los que sentimos la conexión con todo de una forma tan clara que casi duele.
Miramos el cielo, escuchamos una canción, abrazamos a alguien... y algo dentro reconoce hogar.
No con palabras.
No con lógica.
Con una especie de certeza silenciosa difícil de explicar.
Como si durante un instante la separación desapareciera.
Y luego volvemos a dormirnos un poco.
Volvemos a preocuparnos, a reaccionar, a identificarnos con nuestras heridas, con nuestros pensamientos, con esta experiencia humana tan intensa y tan extraña a la vez.
Porque, seamos sinceros, hay momentos en los que una se queda en silencio en mitad de la noche, sintiendo algo difícil de nombrar, e intenta entender qué demonios hacemos aquí todos fingiendo normalidad mientras existimos en un universo imposible.
Y quizá precisamente ahí también haya despertar.
No en parecer iluminados.
No en hablar perfecto sobre espiritualidad.
No en convertirse en una especie de manual espiritual con piernas.
Sino en vivir la experiencia humana real.
En percibir a veces algo inmenso... y otras veces sentirse cansada, confundida o perdida sin dejar de buscar verdad dentro de todo eso.
Porque tal vez nunca nos hemos separado realmente de la fuente, del origen, de eso inmenso que algunos llaman conciencia, Dios, universo o amor.
Tal vez solo estamos viviendo la ilusión de estar lejos para poder experimentar el camino de regreso.
El despertar no siempre llega como un relámpago.
A veces llega como pequeñas grietas en la rutina.
Como una pregunta inesperada.
Como una noche en silencio mirando al techo.
Como una sensación de "hay algo más" que aparece sin avisar y ya no te deja vivir igual.
Y es que después de ciertas percepciones ya no puedes volver a dormirte del todo.
Aunque lo intentes.
Aunque vuelvas al ruido, a las distracciones a la vieja versión de ti misma.
Algo queda abierto dentro.
Algo recuerda.
Y quizá despertar no sea "ver" en el sentido físico.
Quizá sea percibir.
Recordar con el alma algo que la mente todavía no sabe explicar.
Porque hay verdades que no se piensan.
Se reconocen.
Y en ese ir y venir entre la conciencia y el olvido, entre la luz y la niebla, vamos despertando poco a poco.
Como quien abre los ojos al amanecer varias veces antes de levantarse del todo.
Tal vez la vida consista en eso:
en perderse lo suficiente como para volver a encontrarse de nuevo.

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