Longanimidad en tiempos de prisa
Hoy quiero traer una palabra poco usada, pero muy necesaria: longanimidad.
Longanimidad es tener el alma larga.
Es no exigir resultados inmediatos.
Es permitir que el tiempo haga su trabajo sin endurecernos por dentro.
Vivimos en una época que quiere personas terminadas, definidas, coherentes todo el tiempo.
Pero la vida no funciona así.
Las personas no somos un producto final: somos proceso.
Proceso de entendernos.
Proceso de sanar.
Proceso de aprender a poner límites sin dejar de amar.
Proceso de caer, reajustar, volver a intentarlo.
La longanimidad aparece cuando dejamos de pedirle a los demás, y a nosotros mismos, que lleguemos ya.
Cuando entendemos que cada uno está caminando a su ritmo, con sus sombras y sus pausas.
Cuando dejamos espacio para que el otro sea camino, no meta.
No es resignación.
No es aguantar por miedo.
Es sostener el tiempo con ternura.
Seguir siendo humanos incluso en medio de la incertidumbre.
Quizá hoy no tengamos respuestas claras.
Quizá estemos en bruma.
Y está bien.
Porque tal vez la verdadera madurez
no consista en tenerlo todo claro,
sino en seguir caminando
sin cerrar el corazón
mientras la vida
termina de explicarse.

Es difícil caminar cuando el camino es oscuro y complicado pero tienes que buscar tu luz y las fuerzas para seguir V
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