Cuando el cansancio no se vence, se escucha

A veces el cansancio no llega de golpe.
No es un derrumbe espectacular ni una caída evidente.
Es más bien un susurro que se va haciendo cuerpo.

Primero es una pereza suave.
Luego, una falta de ganas.
Después, esa sensación de estar... pero no del todo.

Y entonces aparece el conflicto..

Porque por un lado estás tú, con tu lista de tareas, tus responsabilidades, tus compromisos...
y por otro lado está ese cansancio que no negocia, que no entiende de horarios ni de planes.

Y en medio... tú otra vez, intentando sostenerlo todo.

Vivimos en un mundo que aplaude la constancia, la disciplina, el "seguir aunque no tengas ganas".
Y sí, hay una parte de verdad en eso.
Pero hay otra que casi nunca se dice:

no todo cansancio se supera empujando.

Hay un cansancio físico, claro.
Ese que viene de haber hecho, de haber estado, de haber dado.
Ese a veces se atraviesa, se respira, se continúa.

Pero hay otro... más silencioso.
El de sostener demasiadas cosas a la vez.
El de estar siempre disponible.
El de no parar nunca del todo, aunque parezca que sí.

Ese cansancio no se vence.
Ese cansancio se escucha.

Y aquí es donde muchas veces nos confundimos.

Creemos que parar es fallar.
Que bajar el ritmo es perder.
Que no llegar a todo nos hace menos.

Pero, ¿y si fuera justo al revés?

¿Y si hubiera una forma de avanzar que no pasa por exigirse más... sino por tratarse mejor?

Hay días en los que no toca ser productiva.
Toca ser amable contigo.

Días en los que hacer lo mínimo no es mediocridad... es sabiduría.
Días en los que reorganizar el orden de las cosas no es desorden... es adaptación.

Porque adaptarte a tu energía no es rendirte.
Es respetarte.

Y eso, aunque no lo parezca, también es avanzar.

Quizá no hacia fuera,
pero sí hacia dentro.

Y ese camino... también cuenta.

Hay días de empuje, de claridad, de fuerza.
Y hay días de pausa, de niebla, de cansancio.

No son enemigos.
Son partes del mismo ritmo.

Como la respiración.

Inhalar... y exhalar.

Hacer... y soltar.

Dar... y recogerse.

Quizá el problema no es el cansancio.
Quizá el problema es todo lo que nos contamos cuando aparece.

Que no deberíamos sentirlo.
Que tenemos que poder con todo.
Que hoy también toca rendir igual que ayer.

Y no.

Hay días en los que avanzar no es hacer más,
sino no abandonarte a ti misma mientras haces menos.

Días en los que el cansancio no es un obstátuclo,
sino un mensaje.

Un mensaje que no siempre pide que te detengas por completo...
pero sí que cambies la forma.

Más suave.
Más despacio.
Más humano.

Porque al final, no se trata de hacerlo todo.
Se trata de no perderte en el intento.




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