El arte de encontrar sin buscar
Hay encuentros que suceden entre personas. Otros ocurren entre una palabra y un corazón.
Así me ocurre cada vez que escucho la palabra serendipia.
Así me ocurre cada vez que escucho la palabra serendipia.
Vivimos haciendo planes, trazando rutas, imaginando cómo deberían suceder las cosas. Pensamos que la felicidad llegará cuando todo encaje según nuestros cálculos. Pero la vida, con su misteriosa manera de actuar, suele sonreír desde otro lugar.
A veces una conversación aparece justo cuando la necesitábamos.
Un libro cae en nuestras manos en el momento exacto.
Una canción nos encuentra en medio de una tormenta interior.
Una persona llega sin avisar y deja una luz encendida donde antes había sombras.
Y entonces comprendemos algo hermoso: no todo lo valioso en nuestra vida fue buscado.
La serendipia nos recuerda que existen regalos que no nacen de la planificación, sino de la apertura. Que no todo depende de correr detrás de las respuestas; algunas respuestas llegan caminando hacia nosotros.
Quizá por eso conviene mantener la mirada despierta y el corazón disponible. Porque nunca sabemos en qué esquina del día nos espera una coincidencia capaz de cambiarnos el ánimo, una idea que transforme nuestro camino o un encuentro que deje huella para siempre.
La serendipia es la prueba silenciosa de que la vida todavía guarda sorpresas.
Y tal vez algunas de las mejores cosas que están destinadas a encontrarse no aparecerán porque las persigas, sino porque un día, sin buscarlo, estarás exactamente donde debías estar.

Es cierto cualquiera de esas circunstancias te hacen ver que tienes que soltar todo lo que te arrastra algo que tú no quieres y seguir para poder ver lo que te depara la vida
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