Las cosas que nunca fueron

Hay pérdidas que no tienen nombre.
No aparecen en los álbumes de fotos.
No dejan objetos que guardar ni fechas que recordar.
Porque nunca llegaron a existir del todo.
Son las vidas que no vivimos.
Las palabras que no dijimos.
Los caminos que imaginamos recorrer y que, por alguna razón, terminaron en otra parte.
A veces creemos que lo más difícil es perder algo que tuvimos.
Pero hay una tristeza más silenciosa.
La de aquello que pudo haber sido.
Porque cuando una historia termina, al menos tenemos recuerdos.
Podemos volver a ellos.
Tocarlos.
Nombrarlos.
Pero cuando una historia nunca llega a nacer del todo, lo único que queda es la pregunta.
Y las preguntas tienen la costumbre de quedarse mucho más tiempo que las respuestas.
Quizá por eso algunas ausencias pesan tanto.
No porque nos hayan quitado algo.
Sino porque dejaron un espacio que la imaginación siguió habitando durante años.
Un espacio lleno de posibilidades.
De versiones alternativas de nosotros mismos.
De futuros que nunca ocurrieron.
Y, sin embargo, llega un momento en que una comprende algo extraño.
Que la vida no nos debe ninguna de esas historias.
Que algunas personas no llegan para quedarse.
Que algunos sueños no llegan para cumplirse.
Y que algunas puertas nunca terminan de abrirse.
No porque hayamos hecho algo mal.
No porque alguien tenga la culpa.
Simplemente porque la vida también está hecha de caminos que se separan.
Aceptar eso no siempre trae alivio.
A veces trae tristeza.
Una tristeza serena.
Profunda.
Humana.
La tristeza de mirar algo hermoso y entender que no era nuestro.
Pero esta mañana, antes de amanecer, volvió el mirlo.
No lo vi.
Solo escuché su canto llegando desde algún lugar invisible.
Y me hizo pensar algo.
A veces nos quedamos viviendo dentro de posibilidades que ya no existen mientras la vida sigue llamándonos desde el presente.
Mientras nosotros seguimos mirando hacia los caminos que no recorrimos, la vida sigue ocurriendo.
Aquí.
Ahora.
En este instante.
No en el recuerdo.
No en la posibilidad.
No en la versión imaginada de lo que pudo haber sido.
El mirlo no parecía preocupado por ningún pasado.
No parecía preguntarse qué habría ocurrido si hubiera elegido otra terraza, otro vuelo o cualquier otro destino.
Simplemente cantaba.
Y por un momento entendí que quizá la paz no consiste en encontrar todas las respuestas.
Quizá consiste en volver.
Volver a este instante.
Volver a la respiración.
Volver a la vida que sigue esperándonos mientras miramos hacia atrás.
Porque hay historias que nunca sabremos cómo habrían terminado.
Y hay puertas que permanecerán para siempre entreabiertas en nuestra memoria.
Pero la vida...
La vida siempre está ocurriendo aquí.
Y tal vez el verdadero acto de confianza no sea creer que todo saldrá como esperamos.
Tal vez sea atrevernos a habitar plenamente este momento, incluso cuando una parte de nosotros todavía eche de menos otro.
Como un mirlo que canta antes del amanecer.
No porque haya visto la luz.
Sino porque, de alguna manera, ya confía en ella.

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