Cuando una conversación remueve algo más profundo

 



Hace unos días tuve una conversación que me hizo reflexionar mucho.

No fue una discusión. No hubo malas palabras ni reproches. Fue una de esas conversaciones incómodas que nadie desea tener y que, sin embargo, a veces son necesarias.

Al terminar, me sentí triste. Durante un rato pensé que lo que me había dolido eran las palabras que había escuchado. Pero con el paso de los días comprendí que aquello solo había sido la superficie. 

A veces creemos que nos duele lo que nos dicen, cuando en realidad nos duele lo que eso despierta dentro de nosotros.

Hay comentarios que pasan de largo y otros que encuentran algo que ya estaba ahí. Un miedo, una duda, una inseguridad que quizá llevamos tiempo intentando ignorar.

En mi caso, aquella conversación despertó una pregunta que me acompaña desde hace tiempo:

¿Seré suficiente?

Suficiente para hacer bien mi trabajo.

Suficiente para sacar adelante mis proyectos.

Suficiente para construir la vida que estoy intentando crear.

Y entonces comprendí algo importante.

Las críticas rara vez hablan solo de lo que tenemos delante. Muchas veces actúan como una linterna que ilumina rincones de nosotros mismos que todavía necesitan atención.

Por eso dos personas pueden escuchar exactamente las mismas palabras y reaccionar de maneras completamente distintas. 

Cada uno escucha desde su propia historia.

Durante unos días le di muchas vueltas. Analicé cada frase, cada gesto y cada emoción. Pero poco a poco empecé a mirar la situación desde otro lugar. 

Comprendí que no todas las conversaciones difíciles tienen que terminar separando a las personas. 

A veces ocurre justo lo contrario.

A veces una conversación incómoda nos recuerda que todos somos más vulnerables de lo que aparentamos.

Con el paso de los días también entendí algo que me parece hermoso: en muchas situaciones no hay un culpable y una víctima. No hay alguien que tiene toda la razón y alguien que está completamente equivocado.

A veces simplemente hay dos personas intentando expresar algo importante desde sus propias heridas, sus propias expectativas y sus propios miedos.

Dos personas que, aunque no vean las cosas exactamente igual, siguen intentando entenderse.

Y cuando eso ocurre, la conversación deja de tratar sobre quién tiene razón.

Empieza a tratar sobre humanidad.

Quizá por eso, cuando miro atrás, ya no recuerdo aquella conversación como un momento desagradable.

La recuerdo como el encuentro entre dos mujeres vulnerables que atravesaron un momento incómodo y consiguieron conservar algo mucho más valioso: el cariño y el respeto mutuo.

Y eso me llevó a otra reflexión.

Quizá ser suficiente no signifique hacerlo todo perfecto.

Quizá ser suficiente no signifique no equivocarse nunca.

Quizá ser suficiente tampoco consista en gustarle a todo el mundo o en cumplir siempre todas las expectativas.

Quizá ser suficiente sea algo mucho más sencillo.

Seguir aprendiendo.

Seguir escuchando.

Seguir creciendo.

Y seguir adelante incluso en los días en los que las dudas llaman a la puerta.

Porque la confianza no nace cuando desaparecen todos los miedos.

La confianza nace cuando aprendemos a caminar junto a ellos sin dejar que decidan nuestro destino.

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