La tarjeta que apareció cuando menos lo esperaba

Este fin de semana participé en una feria de emprendedores para dar a conocer a Essenzia.

Como suele ocurrir cuando hacemos algo nuevo, fui con ilusión, nervios, dudas y una larga lista de preguntas. ¿Vendrá gente? ¿Le interesará mi proyecto a alguien? ¿Estaré a la altura?

La feria no estuvo especialmente concurrida, pero me llevé algo que, con el paso de los días, estoy empezando a valorar mucho más que cualquier cifra o estadística: conversaciones.

Algunas fueron breves. Otras me hicieron pensar. Y hubo una en particular que se quedó conmigo.

Un compañero expositor me hizo preguntas difíciles. De esas que te obligan a salir de las respuestas preparadas y a mirar un poco más hacia dentro. Hablamos sobre emprendimiento, experiencia, confianza y sobre la importancia de creer en aquello que estamos construyendo.

No estuve de acuerdo con todo lo que dijo. De hecho, sigo pensando que la honestidad vale más que aparentar una experiencia que no se tiene. Pero entre nuestras diferencias hubo algo que sí me llevé conmigo: la reflexión sobre la confianza en uno mismo.

A veces los demás ven en nosotros capacidades que nosotros todavía estamos aprendiendo a reconocer.

Cuando terminó la feria quise agradecerle aquella conversación con uno de los pequeños detalles que había preparado para los visitantes, pero no conseguí volver a encontrarlo.

Y ahí quedó la historia.

O eso pensaba.

Días después, sentada en una cafetería antes de ir a trabajar, abrí un neceser que llevo en el bolso y allí apareció su tarjeta. Había viajado conmigo todo ese tiempo sin que yo lo supiera.

Sonreí. 

No porque crea que fuera una señal mágica, sino porque me recordó algo sencillo y valioso: cuando una conversación nos aporta algo importante, merece ser agradecida.

Vivimos tan deprisa que muchas veces damos las gracias por educación, pero olvidamos hacerlo por reconocimiento. Olvidamos decirle a alguien que sus palabras nos hicieron reflexionar, que nos ayudaron a ver algo desde otra perspectiva o que llegaron en el momento oportuno.

Aquel día le escribí un mensaje. 

No para pedir nada. No para vender nada. No para obtener nada a cambio.

Simplemente para agradecer.

Y pensé que quizá deberíamos hacerlo más a menudo.

Porque algunas personas aparecen en nuestra vida durante apenas unos minutos y, aun así, dejan una huella amable en el camino.

Y porque, a veces, una tarjeta olvidada en el fondo de un neceser termina recordándonos algo importante: las oportunidades pasan, los eventos terminan, pero las conversaciones que nos transforman merecen ser recordadas.

Porque algunas conversaciones duran unos minutos, pero nos acompañan durante mucho más tiempo. 




Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Habitar el vacío

Cuando una radio se apaga

El olor a limpio, donde empieza la paz