La herida que elige lo imposible
Durante mucho tiempo pensé que tenía mala suerte en el amor.
Ahora sé que no era suerte.
Era miedo.
No miedo a amar,
sino miedo a que el amor fuera real.
Físico.
Presente.
Demasiado cercano como para poder huir.
La herida de abandono no siempre se manifiesta como tristeza.
A veces se disfraza de elecciones imposibles.
Personas lejos.
Personas que, de una forma u otra,
no pueden quedarse.
Y el subconsciente, tan listo, tan protector,
dice: aquí no hay peligro.
Porque donde no puede haber presencia,
tampoco puede haber abandono.
Yo aprendí eso muy pronto.
Aprendí que cuando más vulnerable estaba,
cuando más necesitaba,
el otro no sabía cómo quedarse.
Estuve enferma.
Muy enferma.
Y mientras mi mente se rompía por dentro,
el amor que conocía se llenó de ausencias,
de hospitales,
de silencios largos.
Me llevaron,
y me dejaron allí.
No por maldad.
Quizá por miedo.
Pero mi cuerpo no entiende de matices:
solo recuerda soledad.
Cuando me recompuse,
cuando volví a habitarme,
descubrí que ya no había un "nosotros".
Y ahí la herida terminó de cerrarse...
mal cerrada.
Como se cierran las cosas que no se elaboran.
Desde entonces,
mi inconsciente busca vínculos donde no hay riesgo real.
Donde el amor no pueda tocarme del todo.
Donde nadie pueda irse...
porque nunca estuvo.
No es que no quiera una relación.
Es que una parte de mí sigue creyendo
que amar de verdad significa
volver a quedarme sola
en el peor momento.
Por eso me engancho a lo imposible.
Porque lo imposible no abandona:
simplemente no llega.
Sanar esta herida no es forzarse a estar con alguien.
Es aprender a distinguir entre calma y vacío.
Entre amor y anestesia.
Entre protección y castigo.
Y quizá, algún día,
atreverme a elegir a alguien que esté.
Aquí.
Presente.
Sabiendo que quedarse siempre será un riesgo,
pero que huir
también lo es.
__________________________________________
Este texto nace de una herida que no siempre se ve,
pero que condiciona profundamente la forma en la que nos vinculamos.
La herida de abandono no habla solo de personas que se van,
sino de lo que ocurre cuando, en un momento de máxima vulnerabilidad,
una se siente sola, no sostenida, no acompañada.
A veces esa herida no nos empuja a buscar amor,
sino a buscar relaciones imposibles:
personas no disponibles, lejanas o emocionalmente ausentes.
No por falta de deseo,
sino como una forma inconsciente de protegerse de un nuevo abandono.
Esta reflexión no pretende señalar culpables
ni ofrecer respuestas cerradas.
Es un intento de poner palabras a un proceso interno:
el paso de la supervivencia al reconocimiento,
del miedo a la conciencia.
Escribo desde ahí.
Desde la necesidad de comprenderme,
de mirarme con más amabilidad
y de empezar a diferenciar entre protegerme
y negarme la posibilidad de un vínculo real.
Si este texto resuena contigo,
quizá no sea porque cuente una historia concreta,
sino porque muchas heridas
hablan el mismo idioma.

Muchas veces pensamos que el amor es dar y recibir pero el amor verdadero es dar todo por la otra persona sin esperar nada a cambio sin reproches sin esperas y sin egoísmo propio
ResponderEliminar