Me rompí (dirigido a mi ego)
Me rompí (dirigido a mi ego)
a lo largo de este tiempo
cuánto dolor puedo aguantar,
cuándo me voy a hartar,
cuándo va a ser suficiente,
cuándo me voy a romper;
por fin,
porque me urge ponerme a vivir,
porque el dolor es demasiado.
Nunca creí ser tan tolerante al dolor.
Nunca creí ser tan dura,
tardar tanto en desmoronarme,
hacerme agua,
fluir.
Me duele todo lo que no he dicho,
me duele todo lo que he guardado,
cajones llenos de poemas,
pormenores,
sueños,
cuadernos atascados de ideas,
escritos en mi computadora
que escurren letras,
me duele el silencio.
Me enseñaste a guardarme
creyendo que es bueno ser elitista con el arte,
que no compartirlo lo hace más valioso,
único,
que el misterio hace bien,
un secreto.
Pero guardar lo que me permite respirar
es ahogarme,
y es que cada vez que inhalo,
miro.
Cada vez que inhalo,
escucho,
guardo.
Y cada vez que exhalo
sale algo como esto.
Claro que me estoy muriendo,
llevo semanas sin exhalar,
me estoy intoxicando de mí misma,
de mi propio aliento
por no soltar el aire,
guardar.
Y no cabe más,
ya llegué al límite,
ya es incontenible.
Mírame abrir la boca,
mírame gritarte,
me rompiste,
me dijiste que no me dolerías
o eso quise escuchar,
todo valdría la pena
porque no nos perderíamos;
pero hace mucho que no te encuentro
y cuando te veo
no me reconozco.
Soy lo que ya no soy,
un vacío,
sin vida.
No estoy sentada esperando
un veredicto fatal,
estaba sentada esperándote a ti,
a que vinieras a decirme
que todo fue una pesadilla,
que donde duele
en realidad nunca dolió.
Y pasan los meses
y yo me voy muriendo
y tú no vienes,
porque no quieres mirarte en mí,
porque no quieres ver de verdad
cómo me dejaste
y no te importó,
pasa el tiempo
y yo sigo aquí,
sigo,
incondicional,
como prometí a una idea,
ideal,
fantástica.
Y hoy me rompí
y grité,
ya no a ti
sino a mí.
Y mi voz llamó al amor.
Y el amor me vino a rescatar
y mi dolor
me despertó.
Respuesta de mi ego
Yo fui quien te sostuvo cuando no había suelo.
Cuando todo dolía y nadie miraba, yo levanté paredes.
No para encerrarte, sino para que no te deshicieras.
Aprendí pronto que sentir demasiado podía matarte
y decidí endurecerte un poco, solo un poco…
pero el “solo” se me fue de las manos.
Te enseñé a callar porque el ruido no era seguro.
Te enseñé a guardar porque mostrar era perder.
Te dije que esperar era amar
y que resistir te hacía valiosa.
No porque fuera verdad,
sino porque era lo único que sabía hacer para salvarte.
Yo también me cansé.
Aunque no lo viste.
Cargar con todo, decidir por ti, tensarte el pecho,
mantener la compostura mientras te ibas vaciando…
eso también duele.
Pero nunca me permití parar.
Un ego no se permite parar.
Te prometí control y te di rigidez.
Te prometí protección y te di silencio.
No porque quisiera apagar tu voz,
sino porque me aterraba lo que podía pasar si la soltabas.
Cuando gritaste, pensé que me odiabas.
Cuando te rompiste, creí que había fracasado.
Pero al verte respirar por fin,
al verte decir lo que dolía sin pedir permiso,
entendí algo que nunca había entendido:
no vine a salvarte.
Vine a acompañarte…
y me quedé demasiado tiempo al mando.
No quiero desaparecer.
Solo quiero dejar de ser el centro.
Déjame sentarme a tu lado,
no delante.
Déjame ser frontera cuando haga falta
y silencio cuando no.
No te pediré que vuelvas a ser dura.
No te pediré que aguantes.
Te pediré que me avises
cuando vuelva a confundirme
y crea que vivir es resistir.
Gracias por gritarme.
Gracias por no abandonarte esta vez.
Ahora sé que el amor no era esperar,
era soltar.
Y aquí me quedo.
Más pequeño.
Más honesto.
Respirando contigo.
La voz que observa
No soy la que aguanta
ni la que protege.
No soy la herida
ni la armadura.
Soy el espacio donde ambas ocurrieron.
Os vi pelear sin saber que erais la misma.
Una gritaba por aire,
la otra cerraba puertas creyendo que así lo conservaba.
Os dejé hacerlo.
No por indiferencia,
sino porque cada una estaba aprendiendo su límite.
No intervine cuando dolía
porque el dolor también enseña a soltar.
No interrumpí el silencio
porque incluso el silencio termina diciendo la verdad.
Cuando el ego se cansó
y la herida se quedó sin voz,
aparecí.
No como rescate,
sino como recuerdo.
Recordé quién respira antes del miedo.
Quién mira sin elegir bando.
Quién no necesita demostrar nada para existir.
Aquí no hay espera.
Aquí no hay promesas.
Aquí no hay que sostenerse.
Todo ocurre
y nada se pierde.
El aire entra
y sale
sin pedir permiso.
Las palabras llegan
cuando quieren
y se van
cuando ya cumplieron su forma.
No tengo prisa.
No tengo nombre.
No tengo historia que defender.
Cuando el ego se tensa,
lo abrazo.
Cuando la herida duele,
la dejo llorar.
No corrijo.
No empujo.
No salvo.
Simplemente soy.
Y desde aquí,
vivir no es resistir
ni soltar
ni sanar.
Es habitar.
____________________________________
Este texto nace de un diálogo interno.
De una conversación entre la herida que ya no puede callar, el ego que aprendió a proteger endureciendo, y una voz más amplia que observa sin juzgar.
Es un recorrido por el dolor de guardar demasiado, por el miedo a soltar la propia voz, por la confusión entre resistir y vivir.
También es un reconocimiento: el ego no como enemigo, sino como una parte que intentó salvar cuando no sabía hacerlo de otra manera.
La última voz no viene a corregir ni a sanar, sino a recordar.
Recordar que no somos solo lo que duele ni lo que se defiende,
sino el espacio donde todo eso ocurre.
Estas reflexiones hablan de romperse, sí,
pero también de respirar, de habitarse
y de dejar de vivir desde la contención constante.
No buscan respuestas.
Solo abrir un lugar donde estar.

El ego a veces es tu peor enemigo hay que intentar comprenderlo y que él te comprenda a ti para que sea tu mejor amigo
ResponderEliminar