Cuando decir no se parece a quedarme sola

Durante mucho tiempo no supe decir no.
No porque no tuviera criterio, 
sino porque en algún lugar profundo
aprendí que decir sí
era una forma de no quedarme sola.

La herida del abandono no siempre se manifiesta
como miedo a que alguien se vaya.
A veces aparece como una necesidad constante
de estar disponible,
de ser útil,
de no fallar.

Porque si estoy, 
si ayudo, 
si sostengo, 
quizá no se vayan. 

Así aprendí a dar más de lo que podía.
A adaptarme.
A llegar incluso cuando no me quedaban fuerzas.

Con los demás soy presencia.
Conmigo, exigencia. 

Decir no me removía algo antiguo:
la culpa,
el temor a decepcionar,
la sensación de que poner un límite
era arriesgar el vínculo.

Y poco a poco,
esa dificultad para decir no
se convirtió en una forma silenciosa
de abandono hacia mí.

En el trabajo,
en las relaciones,
en lo cotidiano,
me acostumbré a aceptar menos de lo que necesitaba
y más de lo que me correspondía.

Como si no mereciera descanso.
Como si la calma hubiera que ganársela.
Como si recibir sin esfuerzo
fuera algo sospechoso.

El miedo a no ser suficiente
y el miedo a no merecer
se mezclaron con el de quedarme sola.

Y entonces entendí algo:
no siempre me cuesta decir no por bondad,
sino por miedo.
No siempre doy por amor,
a veces doy para asegurarme un lugar.

Sanar no es dejar de ayudar.
Es dejar de hacerlo desde la herida.

Es aprender que decir no
no provoca abandono,
y que merecer 
no depende de cuánto me desgaste.

Y quedarme conmigo,
incluso cuando incomoda,
incluso cuando no gusta,
empieza a parecerse
a casa.





_______________________________________



Este texto nace de la comprensión de que muchas de nuestras heridas no aparecen solas, sino entrelazadas.
La herida del abandono suele enseñarnos, muy pronto, a no molestar, a no fallar, a no retirarnos. 
Desde ahí, aprender a decir se convierte en una forma de asegurar presencia y vínculo.
Con el tiempo, esa dificultad para decir no deja de ser solo generosidad y pasa a ser una estrategia inconsciente: estar disponible para no ser dejada atrás.
A esta dinámica se suma la herida del merecimiento.
Cuando una ha aprendido a sostener, a adaptarse y a dar más de lo que puede, empieza a creer, sin decirlo en voz alta, que el descanso, el cuidado y la calma deben ganarse.
Así, abandono, límites y merecimiento se entrelazan.
No como fallos personales, sino como respuestas aprendidas en momentos donde protegerse fue necesario.
Esta reflexión no busca señalar culpables ni cerrar conclusiones.
Es un intento de mirar con honestidad cómo decir no, quedarse con una misma y permitirse recibir forman parte del mismo proceso de sanación.
Porque a veces sanar no consiste en dar menos,
sino en dejar de darse desde la herida.
 


Comentarios

  1. El decir sí cuando crees que es no el decir no cuando crees que es sí por comodidad por no discutir por no decepcionar y crea una herida que al final acaba con todo

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Habitar el vacío

Cuando una radio se apaga

El olor a limpio, donde empieza la paz