Aprender a confiar en mí

Siempre he confiado en los demás.
He creído en la buena fe,
en las intenciones,
en que el ser humano es, en el fondo, bueno.

Y, sin embargo,
no he sabido confiar en mí.

La gente confía en mí con facilidad.
Me cuentan.
Me piden.
Se apoyan.

Me ven fuerte.

Y a veces esa confianza ajena
me pesa como una responsabilidad
que no sé cómo devolverme.

Porque por dentro hay otra cosa:
una tristeza silenciosa, 
una sensación de no saber cómo relacionarme sin perderme,
cómo estar sin adaptarme,
cómo querer sin desaparecer un poco.

No es que no me quiera.
Es que no siempre sé cómo cuidarme
cuando estoy con otros.

Confío tanto fuera
porque dentro dudo.
Dudo de mi intuición.
Dudo de mi derecho a incomodar.
Dudo de mi capacidad para sostenerme
si dejo de ser comprensiva,
si dejo de estar disponible,
si dejo de ser fácil.

Y eso duele.

Duele mirar atrás
y reconocer cuántas veces
me he quedado en lugares
donde algo no encajaba
solo por no saber cómo irme
sin sentir culpa.

Duele sentir que el mundo confía en ti
mientras tú te preguntas
por qué no sabes confiar en tu propio no.

Hay días en los que esta conciencia pesa.
En los que no me siento orgullosa de entenderlo,
sino cansada de repetirlo.
En los que me invade la tristeza
de no saber aún
cómo relacionarme desde ese lugar nuevo.

Y aun así,
es aquí donde empieza algo distinto.

Porque nombrar esta herida
no la cierra,
pero deja de negarla.

Aprender a confiar en mí
no está siendo un acto luminoso,
ni valiente,
ni inspirador.

Está siendo lento.
A veces torpe.
A veces triste.

Pero es real.

Y hoy, aunque no sepa todavía
cómo cambiar del todo mi forma de estar,
sí sé una cosa:
no quiero seguir abandonándome
para que otros se queden.

Quizá confiar en mí
empiece por aceptar
que este aprendizaje duele,
y quedarme conmigo
también en esa tristeza.

______________________________


Este texto nace de una tristeza que no siempre se dice en voz alta:
la de reconocer que una lleva mucho tiempo relacionándose desde un lugar que ya no le sirve, y no saber todavía cómo cambiarlo.
Habla de confiar demasiado fuera
y muy poco dentro.
De creer en la bondad de los demás
mientras se duda de la propia capacidad para sostener un límite,
una incomodidad,
un no.
Las heridas de abandono, de dificultad para decir no y de no sentirse merecedora
no aparecen separadas.
Se entrelazan.
Y, muchas veces, terminan erosionando la confianza en una misma.
Esta reflexión no busca ofrecer soluciones rápidas
ni convertir el dolor en aprendizaje luminoso.
Nace desde un lugar más honesto:
el de aceptar que entender algo no siempre implica saber gestionarlo,
y que la conciencia también puede doler.
Escribo desde ahí.
Desde el cansancio de repetirme,
desde la tristeza de ver el patrón
y no saber aún cómo habitar uno nuevo.
Pero también desde una decisión silenciosa:
la de no seguir abandonándome para sostener vínculos,
la de quedarme conmigo incluso cuando no tengo respuestas, 
incluso cuando el proceso no es bonito.
Quizá confiar en una misma no sea sentirse segura,
sino atreverse a permanecer
también en lo que duele.

Comentarios

  1. Duele mucho intentar ser buena persona y ayudar en lo posible a los demás cuando tú por dentro estás vacío y con muchas dudas

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Habitar el vacío

Cuando una radio se apaga

El olor a limpio, donde empieza la paz