La paz que no espera al orden

Quizá la paz no sea el lugar al que llegamos cuando todo encaja, 
sino la forma en que aprendemos a caminar mientras nada lo hace.



Durante mucho tiempo perseguí la paz como si fuera una meta escondida al final del esfuerzo. Me decía que llegaría cuando todo estuviera en orden, cuando los problemas se resolvieran, cuando el ruido se apagara. A veces lo expresaba casi como una fantasía infantil: ojalá pudiera dormir tres meses seguidos y despertar con la vida recolocada, limpia, perfecta, sin aristas. 

Pero la vida no funciona así.

No se pausa para reorganizarse. No promete certezas. No garantiza que mañana entendamos lo que hoy nos desborda. Y aceptar eso me dolió. Porque, en el fondo, yo no buscaba solo paz, buscaba seguridad. La tranquilidad de saber que nada iba a romperse, que todo permanecería estable, que el suelo bajo mis pies no temblaría.

La certeza seduce. Nos promete descanso.
Pero también es una ilusión frágil.
Y cuanto más la perseguía, más ansiedad encontraba.

He conocido ese cansancio que no se quita durmiendo. Ese peso silencioso de sentir que debes sostenerlo todo, resolverlo todo, no fallar. Y en medio de ese estado, comprendí algo incómodo: la batalla no estaba en el mundo exterior. La libraba dentro de mí, intentando obligar a la vida a comportarse como yo necesitaba. 

Anoche escribía a alguien a quien quiero. Su mente corría sin descanso, acelerada, atrapada en sus propios pensamientos. Le pedí que respirara, que observara cómo el aire entraba y salía, que volviera a ese gesto simple que puede anclar el cuerpo cuando la cabeza se desboca.
Pero mientras lo escribía, también me escuchaba a mí misma. 
Porque yo también he estado ahí. En ese lugar donde la mente no se calla, donde el silencio parece inalcanzable. 

Y aun así, he descubierto algo.

La paz no llega cuando el ruido desaparece.
Llega cuando dejamos de exigir que desaparezca.

No fue una revelación luminosa. Fue un rendirme lento. Un dejar de apretar los puños contra lo inevitable. Un aceptar que la vida no me debe claridad ni control. Y en esa rendición, pequeña, imperfecta, apareció una forma distinta de calma. 
No una paz absoluta.
Sino una compasión cruda hacia mí misma. 

Ahora sé que la paz puede convivir con el cansancio, con la incertidumbre, incluso con el miedo. Es esa brasa tenue que sigue ardiendo mientras todo alrededor cambia. No me promete certezas. No ordena el mundo. Pero me recuerda que puedo habitarlo sin romperme por completo. 

Tal vez la paz no sea llegar a un lugar seguro.
Tal vez sea aceptar que nunca lo fue...
y aun así seguir caminando con el corazón abierto.

Hoy ya no espero despertar con todo perfecto.
Solo intento hacer algo más difícil y más humano: quedarme aquí, respirar, tratarme con ternura, y confiar en que incluso en la imperfección, incluso en el caos, sigo encontrando un hogar dentro de mí. 


Comentarios

  1. También es más divertido llegar a la meta si el camino no es recto!

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  2. En la búsqueda de esa paz, a veces la vamos encontrando por el camino y nos la traen personas que tenemos cerca. M.

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    1. Puede ser... A veces la paz no llega sola. A veces se cuela en forma de alguien que te recuerda cómo volver a respirar. Y otras... ni siquiera te das cuenta de que tú también estás siendo eso para alguien.

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  3. Respuestas
    1. Precioso yo creo que la paz no se busca la tenemos todos dentro lo difícil es encontrarla

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  4. Gracias a todos por estar aquí, de verdad.
    Quizá la paz no sea algo que se encuentra... sino algo que se reconoce, a ratos, en medio del camino torcido. A veces llega disfrazada de personas, de palabras, de momentos pequeños. Otras veces está... y somos nosotros los que no sabemos verla.
    Y tal vez ahí esté lo difícil: no en encontrarla, sino en dejar de apartarnos de ella.

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