Conversaciones y los espejos que habitan en ellas

 


A veces las conversaciones más sencillas abren puertas que no esperaba.

Empiezan con una broma, con un gesto cotidiano, con palabras que parecen pequeñas... y de pronto estoy mirando hacia dentro. Hacia lugares que creía ya conocidos. Lugares donde todavía hay partes de mí que duelen sin hacer ruido, donde habitan preguntas que no siempre sé responder. 

Hay algo curioso en cómo escucho a los demás. A veces no oigo solo lo que dicen ahora. Oigo ecos antiguos. Recuerdos que siguen vivos en la piel. Sensaciones que se activan sin pedir permiso.

Cuando alguien habla con firmeza, una parte de mí aún se encoge. No por esa persona, sino por la niña que alguna vez creyó que equivocarse significaba ser menos. Que ser señalada significaba no estar a la altura. Y, aunque hoy soy adulta, independiente, capaz... esa memoria emocional no desaparece por decreto. A veces vuelve con una punzada silenciosa, recordándome lo profundo que puede calar una palabra cuando llega en el momento equivocado de la vida. 

Y entonces tengo que detenerme. Respirar. Recordar que el presente no es el pasado. Recordar que ya no soy aquella versión indefensa de mí misma. Que ahora puedo observar la herida sin convertirme en ella.

También tengo que mirarme con honestidad. Reconocer que sigo aprendiendo a poner límites. A decir que no. A no confundir bondad con renuncia. A no aceptar menos de lo que mi propia alma desearía recibir. Porque ser generosa no debería significar desaparecer un poco para que otros estén cómodos. Y, sin embargo, a veces lo hago casi sin darme cuenta.

No es un aprendizaje limpio.
Ni rápido.
Ni lineal.
A veces implica desmontar creencias muy antiguas sobre lo que merezco, sobre lo que debo tolerar, sobre cuánto espacio puedo ocupar sin sentir culpa.

Pero hay algo profundamente valioso en caminarlo acompañada.

Hoy quiero agradecer, sin nombres, sin etiquetas, a quien me recuerda que valgo más de lo que a veces creo. A quien se enfada no conmigo, sino con la posibilidad de que alguien me haga daño. A quien me devuelve una mirada donde hay reconocimiento, respeto y una forma de cuidado que no intenta cambiarme, sino proteger lo que soy.

No siempre es cómodo verse a través de los ojos de otro.
A veces incluso incomoda, porque obliga a confrontar la distancia entre cómo me trato y cómo podría tratarme.

Pero a veces es necesario.

Porque aprender a valorarme no es dejar de sentir dudas.
Es mirarlas de frente y no construir mi identidad sobre ellas.
Es aceptar que dentro de mí conviven la fortaleza y la fragilidad, y que ninguna invalida a la otra.

Sigo en ese camino.
Aprendiendo a recibir.
Aprendiendo a reconocer mi lugar.
Aprendiendo a reconocer mi verdadero valor.
Aprendiendo, poco a poco, a creer que quizá sí merezco aquello que antes ni siquiera me permitía esperar.
Incluso cuando una parte de mí todavía susurra que no.

__________________________________________


Y antes de cerrar estas palabras, quiero dejar algo dicho.
A ti, que estás presente en muchas de estas conversaciones, gracias.
Gracias por sostener espejos que a veces no me atrevería a mirar sola.
Por señalar con honestidad, por cuidar sin suavizar la verdad, por recordarme mi valor incluso cuando yo misma lo pongo en duda.
No nombro quién eres, porque no hace falta.
Hay presencias que no necesitan presentación, solo gratitud.
Esta es la mía.
Porque hay momentos en los que tus palabras atraviesan capas que yo aún estoy aprendiendo a habitar, y dejan al descubierto partes de mí que siguen creciendo. Y aunque no siempre sea cómodo, lo valoro profundamente.
No sé si alguna vez llego a expresar del todo lo que significa para mí ese acompañamiento, pero hoy quiero intentarlo, aunque sea con palabras imperfectas.

Comentarios

  1. Todos tenemos que seguir aprendiendo de cómo somos con nuestras virtudes y nuestros defectos pero tú lo haces ayudando a los demás y eso es lo que te hace ser la persona tan excepcional que eres

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tus palabras. En realidad, escribo porque lo necesito yo. Es mi forma de ordenar lo que siento, de entenderme un poco mejor. Y quizá, sin buscarlo, en ese proceso algo también puede servirle a alguien más.
      Al final, creo que todos estamos en lo mismo: aprendiendo a mirarnos con más verdad, con más paciencia... Un abrazo.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Habitar el vacío

Cuando una radio se apaga

El olor a limpio, donde empieza la paz