Me rompí

Me he preguntado tantas veces a lo largo de este tiempo cuánto dolor puedo aguantar, cuándo me voy a hartar, cuándo va a ser suficiente, cuándo me voy a romper; por fin, porque me urge ponerme a vivir, porque el dolor es demasiado, nunca creí ser tan tolerante al dolor. Nunca creí ser tan dura, tardar tanto en desmoronarme, hacerme agua, fluir.

Me duele todo lo que no he dicho, me duele todo lo que he guardado: cajones llenos de poemas, pormenores, sueños, cuadernos atascados de ideas, escritos en mi computadora que escurren letras; me duele el silencio.

Me enseñaste a guardarme creyendo que es bueno ser elitista con el arte, que no compartirlo lo hace más valioso, único, que el misterio hace bien, un secreto. Pero guardar lo que me permite respirar es ahogarme, y es que cada vez que inhalo, miro. Cada vez que inhalo, escucho, guardo. Y cada vez que exhalo sale algo como esto.

Claro que me estoy muriendo: llevo semanas sin exhalar; me estoy intoxicando de mí misma, de mi propio aliento por no soltar el aire, por guardar. Y no cabe más, ya llegué al límite, ya es incontenible. Mírame abrir la boca, mírame gritarte: me rompiste, me dijiste que no me dolerías, o eso quise escuchar, todo valdría la pena porque no nos perderíamos; pero hace mucho que no te encuentro y, cuando te veo, no me reconozco.

Soy lo que ya no soy, un vacío, sin vida. No estoy sentada esperando un veredicto fatal; estaba sentada esperándote a ti, a que vinieras a decirme que todo fue una pesadilla, que donde duele en realidad nunca dolió.

Y pasan los meses y yo me voy muriendo y tú no vienes, porque no quieres mirarte en mí, porque no quieres ver de verdad cómo me dejaste y no te importó; pasa el tiempo y yo sigo aquí, sigo, incondicional, como prometí a una idea, ideal, fantástica.

Y hoy me rompí y grité, ya no a ti sino a mí. Y mi voz llamó al amor. Y el amor me vino a rescatar y mi dolor me despertó.

Me rompí 
Gaelle Dreyfus

Escúchalo aquí



Este poema-reflexión de Gaelle Dreyfus puede leerse como dirigido a una pareja, un padre, una hermana o alguien cercano, alguien que nos haya hecho sentir vacíos o desatendidos. Sin embargo, yo lo interpreto como un diálogo con mi propio ego, con esa parte de mí que se aferra, que guarda y sufre por miedo a soltar. Leerlo así me recuerda que, a veces, la mayor liberación no viene de los demás, sino de reconocer, enfrentar y liberar lo que llevamos dentro. Es permitirse respirar, exhalar y, finalmente, reconectarse con el amor y con la vida. Al abrirse, aunque sea con un grito silencioso, el alma encuentra su camino de vuelta a la luz. 

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Habitar el vacío

Cuando una radio se apaga

El olor a limpio, donde empieza la paz